13 de marzo de 2014

II Domingo de Cuaresma, Ciclo A

HIJO, SAL DEL CIELO Y VETE A LA TIERRA
“Teraj tomó a Abram, su hijo, a Lot, su nieto… salió con ellos de Ur de los caldeos para dirigirse a la tierra de Canaán. Llegaron a Jarán y se establecieron allí… Un buen día Dios dijo a Abram: “sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré”. 

Desde ese momento Abram se pone en manos de la providencia y lleva consigo la bendición de Dios:

“Te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan y en ti serán benditas todas las familias de la tierra”.

El texto añade escuetamente: “Abram marchó como le había pedido el Señor”.

Así nada más. No va a negociar. No huye. Se fía de Dios. 

Algunos comparan esta salida de Abram de su tierra con la salida del Verbo de su casa, el cielo.

Nos hace bien meditar que Jesús dejó de lado todos los privilegios de la divinidad y se echó en los brazos del Padre, en la terrible humillación de hacerse un pequeño de tantos y confiar en que el Padre, a pesar de llevarlo por un camino tan duro, le hará llegar al triunfo y a la resurrección.

Y nosotros, ¿cuántos apegos inútiles vamos llevando por este “tiempo” como si se tratara de que ya llegamos a la eternidad?

El prefacio, que centra la liturgia del día, nos dice que Jesús anuncia su muerte y después muestra a los discípulos su gloria transfigurándose en el Tabor. Así nos da la gran enseñanza: la pasión es el camino de la resurrección.

El salmo responsorial nos invita a imitar a Abraham, que se fio de Dios, y que pongamos nuestra confianza en Él.

De la misma manera que Jesús se fio plenamente de su Padre hasta morir en la cruz diciendo: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu”, que pongamos así también nuestra confianza en Dios: “nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia venga sobre nosotros como lo esperamos de ti”.

San Pablo en la segunda carta a Timoteo nos enseña que también a nosotros nos llamó Dios para salir de nuestra vida de pecado.

No lo merecemos. Son los méritos de Jesús los que nos aseguran que, “por medio del Evangelio, podemos contar con la gracia divina. Esa gracia que se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador, Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

El verso aleluyático nos prepara para la lectura del Evangelio resaltando este deseo tan importante del Padre Dios para con cada uno de nosotros: que escuchemos a Cristo porque “éste es mi Hijo, el amado”.

El Evangelio cuenta que, después que Pedro proclamó delante de los otros apóstoles “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, Jesús les hizo ver su propio camino de: “padecer, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

Esto debió enturbiar las esperanzas de los apóstoles y de manera especial las de Pedro, el espontáneo.

Éste reclamó a Jesús: “¡lejos de ti tal cosa! Eso no puede pasarte”.

Jesús le respondió: “Aléjate de mí satanás. Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no piensas como Dios”.

Pero seis días después (nos cuenta el Evangelio de hoy) Jesús tomó consigo a los tres predilectos, Pedro, Santiago y Juan, y les hizo ver un reflejo de su divinidad.

A este momento lo llamamos transfiguración porque les hizo ver cómo, siendo el mismo, el hombre que veían a diario, tenía un aspecto sobrehumano.

Jesús se “transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (o como la nieve, que dicen otros manuscritos).

Como Moisés y Elías se encontraron con Dios en el Sinaí ahora aparece Jesús glorioso en otro monte, el Tabor, glorificado por los dos más grandes personajes del Antiguo Testamento: Moisés, que representa la ley y Elías que era el mayor de los profetas.

Ahora ambos personajes hablan con Jesús.

A los apóstoles y a nosotros nos queda hoy la voz del Padre que nos repite: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

Y a continuación nos da un mandato escueto pero muy importante: “¡Escúchenlo!”.

Los apóstoles se echan a tierra y al momento se les acerca Jesús, sencillo como siempre, que les pide: “No cuenten esto…” hasta que se cumpla lo que les dije hace seis días.

Lecciones de hoy:

* ¡Qué grande es Jesús! Adoremos y démosle gracias.

* Mandato de Dios: escuchar a Jesús porque Él es, es Él en persona el “escucha Israel” del Nuevo Testamento.

* Meditemos porque Dios nos pide desprendimiento, como lo pidió a Abraham para llegar a nuestro destino.
José Ignacio Alemany Grau, obispo