28 de diciembre de 2012

LA SAGRADA FAMILIA , Ciclo C

En nuestro comentario de hoy vamos a seguir algunas de las reflexiones de Benedicto XVI en “La infancia de Jesús”. 
El Evangelio que corresponde al ciclo C nos presenta a Jesús en el templo a los doce años. 
Cuenta san Lucas que “los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua”. 
Esto nos indica que la “familia de Jesús era piadosa y observaba la ley”. 
En efecto, la ley de Moisés (la Torá) pedía que todo israelita se presentara en el templo tres veces al año: pascua, la fiesta de las semanas y la fiesta de las tiendas. 
Para los niños la obligación comenzaba al cumplir trece años. Sin embargo, las normas pedían que se fueran acostumbrando, poco a poco a cumplir los mandamientos, lo cual explica que Jesús fuera en peregrinación a los doce años. 
Pues bien. Jesús, al cumplir los doce años, va con sus padres pero no regresa con ellos sino que se queda en el templo durante tres días. 
Esto no supone descuido por parte de sus padres sino más bien indica que dejaban al hijo decidir libremente el ir con los de su edad y sus amigos durante el camino. Por la noche, sin embargo, se juntaban con sus padres. 
Este permanecer Jesús tres días en el templo lo relaciona Benedicto XVI con los tres días entre la cruz y la resurrección dejando ver cómo toda la vida de Jesucristo va en una misma dirección redentora. 
Esto constituirá para María uno de los momentos de sufrimiento profetizados por el anciano Simeón, como la espada que traspasaría su alma. 
Cuando María angustiada le pregunta a Jesús “hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”, la respuesta de Jesús indica que lo que ha hecho es simplemente cumplir el plan de su Padre verdadero que es Dios. 
Benedicto XVI nos presenta así la respuesta de Jesús: “estoy precisamente donde está mi puesto, con el Padre, en su casa”. 
Dos aspectos resalta el Papa en esta respuesta. Jesús corrige la frase de María dejando de lado a san José y advirtiendo “yo estoy en el Padre”. Por tanto, mi padre no es José sino Dios mismo. 
Por otra parte, Jesús habla de un deber al que se atiene el como hijo. El niño debe estar con el padre. 
Él no está en el templo por rebeldía para con sus padres (como pretenden algunos) sino justamente como quien obedece, con la misma obediencia que le llevará a la cruz y a la resurrección. 
De esta manera tenemos en la Sagrada Familia, María, José y Jesús, grandes modelos para nuestras familias cristianas. 
El padre, José, hombre serio, aceptando siempre con humildad y fe el plan que Dios le había trazado al pedirle que fuera padre adoptivo de Jesús. 
La Madre, María, desahogando así su corazón pero aceptando y meditando siempre con fe. 
Por dos veces en el mismo capítulo Lucas nos dice que “María guardaba estas cosas meditándolas en su corazón”. 
Y Jesús, viviendo el plan que su Padre Dios le había trazado, por una parte como Dios y Redentor, y por otra como un niño más: “bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad… y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. 
En la primera lectura de hoy la Iglesia nos habla de la familia de Ana y Elcaná que tuvieron milagrosamente un hijo, el gran profeta Samuel, y que lo presentaron al sacerdote Elí para que sirviera en el templo de Dios. 
Se trata, por tanto, de una familia muy religiosa que nos sirve de modelo también en este domingo de la Sagrada Familia. 
Por su parte, san Juan, en la carta primera, nos hace ver que nosotros pertenecemos también a la gran familia de los hijos de Dios. Ése es el regalo que nos ha hecho el amor del Padre para “llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. 
Que hermosos ejemplos tenemos en el día de la Sagrada Familia para vivir la verdadera piedad: el hogar de Ana, el hogar de Nazaret y el hogar trinitario en el que la misericordia de Dios nos ha hecho penetrar como verdaderos hijos. 
Así podremos aprender qué grande es el hogar cristiano y cómo debemos vivir en él, hoy más que nunca, cuando la sociedad busca de tantas formas destruir no sólo la familia cristiana sino toda familia. 
El martes, octava de Navidad, primer día del año, la Iglesia celebra la solemnidad de Santa María Madre de Dios. 
Que Ella fortalezca nuestros hogares para que en ellos haya siempre fidelidad, amor y la felicidad por la que siempre suspiramos. 
Que Ella nos traiga también a todos, amigos lectores, un año nuevo lleno de paz, recordando el mensaje del Papa para este día: “bienaventurados los que busca la paz”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

20 de diciembre de 2012

IV domingo de Adviento, ciclo C

ESPERANDO A JESÚS 

Hoy hacemos nuestro comentario en un pequeño tríptico. 

Primero 
El cuarto domingo de Adviento es una preparación inmediata a la Navidad. 
La Iglesia nos ha ido acercando, día a día, al nacimiento de Jesucristo. 
Para este domingo en concreto, el ciclo A nos presenta el nacimiento de Jesús según San Mateo. Él nos habla de las sospechas de José sobre María, hasta que el ángel le revela que “la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. 
En el ciclo B San Lucas relata el anuncio que hace Gabriel a María, diciéndole de parte de Dios “el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará hijo de Dios”. 
Por su parte, en nuestro ciclo C, el mismo San Lucas nos refiere que María, al recibir el aviso del ángel de que su prima, la anciana Isabel, iba a tener un hijo, se puso en camino. El encuentro de Isabel y María fue toda una fiesta en el seno materno, porque la gracia divina del pequeño Jesús pasó al pequeño Juan. 
La casa de Isabel se llenó de gracia y María, después de servir, regresa a Nazarethpara preparar el nacimiento de Jesús. 
La actitud que se nos pide en este cuarto domingo de Adviento es la de María, que se pone a disposición plena de Dios, diciendo: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” y la disponibilidad del mismo Jesús quien, según la carta a los Hebreos, entra en este mundo diciendo: “tú no quieres sacrificios ni ofrendas pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. 
Nosotros, enseñados por el mismo Jesús, también debemos repetir en este día “hágase tu voluntad” en mí y en mi vida. 

Segundo 

El día 24 es la preparación a la Navidad. 
Hay que tener en cuenta que entre el 24 y el 25 hay cinco esquemas diferentes para la celebración de la Santa Misa. Caso único en toda la liturgia. 
Uno en la mañana del 24 en el que el Evangelio nos lleva a recordar el Benedictus del viejo Zacarías, cuando recobró el habla después del nacimiento de Juan. 
Para la misa vespertina de la vigilia también tenemos una hermosa liturgia que comienza con esta antífona: “Hoy vais a saber que el Señor vendrá y nos salvará, y mañana contemplaréis su gloria”. 
El Evangelio, por su parte, es la genealogía de San Mateo junto con el nacimiento de Jesucristo contado por el mismo evangelista que resalta la maternidad virginal de María, recordando que con ello se cumplen las palabras de Isaías: “Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel que significa Dios- con- nosotros”. 
A partir de ese momento san José “se llevó a casa a su mujer”. 
Legalmente eran verdaderos esposos. Pero el verdadero padre de Jesús es el Padre Dios y su madre María. 

Tercero 

Para el día 25 la Santa Misa tiene tres esquemas, según la hora en que se celebre. 
Más aún, la Iglesia permite que celebre cada sacerdote tres veces la Santa Misa. 
A medianoche recordando “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. Lo recalca el salmo responsorial diciendo: “hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. 
El Evangelio de la medianoche es la descripción bellísima, llena de poesía, luz y canto, en la que san Lucas nos cuenta cómo a María “le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no tenían sitio en la posada”. 
La segunda celebración es al amanecer, “la misa de la aurora” que comienza con el gozo de estas palabras: “hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor… y su reino no tendrá fin”. 
El aleluya nos repetirá “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. 
El Evangelio, a su vez, nos dice cómo los pastores corrieron a Belén “a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor”. 
Lógicamente “encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre”. 
Son precisamente los pastores los que cuentan a María y a José lo que les habían dicho los ángeles acerca del Niño. 
María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” y nos invita a hacer lo mismo también a nosotros. 
La misa del día nos lleva a lo que Benedicto XVI llama la genealogía de san Juan que, partiendo de que “en el principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios”, nos enseña que el Verbo se encarnó para hacernos a nosotros también hijos de Dios: “A cuantos recibieron (la Palabra) les da poder para ser hijos de Dios… éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. 
Este es el gran regalo de la Navidad: Jesús, que es verdadero Dios, nos hace hijos adoptivos muy queridos de su mismo Padre. 
Con esta alegría les deseo una Feliz Navidad para todos. 

José Ignacio Alemany Grau,obispo

12 de diciembre de 2012

III domingo de Adviento, Ciclo C

SOMOS TESTIGOS DE LA LUZ 

“El Mesías ha llegado. Está en medio de ustedes. Pero no lo conocen”. 
Firmado: Juan 
Posiblemente ni lo dijo así ni tenía dónde firmar. Pero ése es el mensaje de Juan en el Evangelio para el Adviento. 
En el pueblo de Israel, todos esperaban al Mesías. Y, a través de los siglos, aparecieron algunos pseudomesías que desaparecían con su propio engaño. 
Un día, sin embargo, apareció un hombre santo que llamaba la atención de todos. 
Vestido de sacrifico y penitencia. Hablaba. 
Hablaba y su voz era como un trueno que pedía penitencia. Pero también era como una luz que arrastraba a la gente hacia el Jordán, como nuestros pobres focos atraen las mariposas de noche. 
Los cuatro evangelistas nos hablan de él y hoy los entrelazaremos para resaltar su presencia en Adviento. 
San Juan evangelista nos lo presenta de esta manera: 
“Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Éste venía como testigo para dar testimonio de la luz. Para que por él todos vinieran a la fe. 
No era él la luz, sino testigo de la luz”. 
Juan Bautista es un hombre maravilloso, gran apóstol, ejemplo para todos los apóstoles. 
La Iglesia lo presenta hoy como el gran mensajero que prepara los caminos del Señor. 
Él tuvo la oportunidad de pasar como Mesías. La gente lo creía así e incluso los hombres espirituales del pueblo de Israel le enviaron mensajeros para preguntarle: 
“¿Eres tú el Mesías?” 
Su respuesta fue contundente: Ni el Mesías, ni Elías, ni un profeta. 
Él se presenta simplemente como una voz: 
“Yo soy la voz que grita en el desierto: allanad el camino del Señor”. 
No hay humildad más grande que la de una voz porque necesariamente tiene que limitarse a decir las palabras exactas que le salen de la mente al que habla. 
Y Juan da consejos de conversión a todos. La gente pregunta: ¿qué hacemos? Y él: 
- “Compartan lo que tengan: la túnica, la comida…” 
A los publicanos: 
- “No exijan más de lo establecido”. 
A los militares: 
- “No se aprovechen de nadie y conténtense con la paga…” 
Y ahora nosotros nos preguntamos: 
¿Por qué bautizaba Juan? Y él nos dice: 
“Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”. 
La Iglesia en la liturgia de hoy se llena de alegría pensando en el Mesías redentor: 
Con Sofonías nos dice: 
“Regocíjate, hija de Sión. Grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén”. 
Es la alegría de este tercer domingo. Pero aún hay algo mucho más bello: 
“El Señor está en medio de ti… Él se goza y se complace por ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”. 
Repiensa, amigo: Dios se goza en ti… como en Juan, como en María, y todo lo debemos a Jesús!! 
San Pablo, a su vez, en este tercer domingo de adviento en que la Iglesia resalta la alegría y quiere que todos la vivamos hoy de una manera muy especial, nos pide: 
“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres… El Señor está cerca: Nada os preocupe”. 
Si Dios, Cristo, el Reino; está dentro de nosotros. Por eso repetimos con el versículo aleluyático: 
“El Espíritu del Señor está sobre mí…” 
Gozosos repitamos una vez más con el salmo responsorial: 
“Gritad jubilosos: qué grande es en medio de ti el Santo de Israel. 
El Señor es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré…” 
Sí, entre nosotros y dentro de nosotros está Dios. 
Finalmente, recuerda bien en este domingo: A ti, como a Juan, se te dice que “irás a preparar los caminos del Señor”. Pero ten siempre presente que tú, como el Precursor, debes saber que no eres la luz sino testigo de la luz. 
Que a ti la luz de la fe te viene de Cristo y que es esa fe en Cristo la que tienes que transmitir sin vanidades, con valentía y generosidad. 
Recuerda siempre: ¡Soy testigo gozoso de la luz! 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

7 de diciembre de 2012

II Domingo de Adviento, ciclo C

LOS CONSEJOS DE TRES MISIONEROS 

Se acerca la Navidad y la Iglesia nos va preparando para que tomemos, con la debida profundidad, el misterio de la encarnación y no nos quedemos en la superficialidad de nuestra sociedad que vive de espaldas a la fe. 
Con este fin nos presenta tres grandes misioneros que fueron apóstoles de su tiempo. 
El primero es Isaías. 
Se trata del profeta preferido en la liturgia. 
Sabemos que bajo este nombre escriben tres personajes distintos: el primer Isaías (capítulos 1-39); el segundo (del 40-55); y tercero (del 56 al 66). 
El que nos habla hoy es el segundo o deutero Isaías. 
Él consuela a su pueblo y le asegura que vendrá el Señor. 
Con bellísimas palabras pide que preparen el camino al Señor que viene: 
“Preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios… que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor”. 
Pide a continuación que se grite a todos los pueblos: 
“Aquí está vuestro Dios”, y presenta a Dios con poder… trayendo la recompensa… viene también como un dulce pastor “que reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; él mismo cuida a las ovejas que crían”. 
El segundo gran misionero es Pedro, apóstol y mártir, que nos recuerda una vez más “que el día del Señor llegará como ladrón”, pero nos advierte que Dios tiene paciencia por nuestro bien y nos da a todos tiempo para la conversión. 
Una vez más enseña que habrá grandes pruebas en la línea apocalíptica que hemos visto en los últimos días, pero nos advierte que nuestra esperanza consiste en que “esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”. 
De esta manera Pedro también nos invita a convertirnos antes de que llegue el Señor. 
San Marcos, en el Evangelio, nos habla de que ya se ha cumplido el tiempo que profetizaron los profetas y es el momento para que llegue el Mesías. 
Él nos presenta a Juan Bautista, que es el tercer misionero que hoy nos invita a preparar los caminos del Señor. 
Marcos atribuye a Isaías dos textos que en realidad no es uno sino dos textos de dos profetas distintos. 
El primero es de Malaquías (3,1) que dice: “Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino delante de mí”. 
Podemos decir que a este mensajero se refiere Isaías cuando dice: “la voz que grita en el desierto”. 
A continuación viene el que es propiamente texto de Isaías (40,6) y en el que leemos: “preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. 
La preparación que pide Juan es la conversión: “predicaba que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonen los pecados”. 
La gente que venía, se encontraba con este gran misionero y modelo de todos los apóstoles, que predicaba la penitencia y era él mismo un gran penitente, “vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. 
La esencia de su proclamación era que el pueblo se preparara a recibir al Mesías “que os bautizará con el Espíritu Santo”. 
De la enseñanza de estos tres misioneros debemos sacar nuestras propias conclusiones. 
Ante todo hacer penitencia, porque viene Jesús a bautizarnos con el Espíritu Santo. Con Él viene la salvación definitiva. 
A su vez el salmo aleluyático nos pide “preparar los caminos del Señor, allanar sus senderos”. 
Por nuestra parte, con el salmo responsorial repetiremos: “muéstranos, Señor, tu misericordia y danos la salvación”. 
Sabemos muy bien que la salvación nos la trae Jesucristo. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

30 de noviembre de 2012

I domingo de Adviento, Ciclo C

MARÍA, PUERTA DE LA FE Y ESTRELLA DE LA EVANGELIZACIÓN 

Éste es uno de los últimos lemas de Radio María: 

“María, puerta de la fe y estrella de la evangelización”. 

Y es que “al principio estaba la madre”. 

Así dicen muchos, y creo que en el principio del Adviento es bueno pensar en la Madre que cuidó a Jesús y como lo hizo tan bien, Dios nos la dio por Madre a todos sus hijos. 

Muchas veces, hablando del Adviento, hemos pensado que María está, en realidad, al comienzo del Adviento por muchos motivos. 

La fiesta de la Inmaculada, con todo el cariño de las primeras comuniones, de miles de niños y niñas que reciben por primera vez a Jesús en su corazón. 

La fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, con la multitud de milagros que Dios ha derrochado en la tilma de Juan Diego que se conserva en el cuadro original de México. 

También el Adviento nos lleva al paraíso donde la mujer humilló al diablo. 

Dios quiso que fuera una mujer la que aplastara la cabeza orgullosa de satanás. Y todos nos sentimos felices por ello. 

Por lo demás, si nos preparamos a celebrar una Navidad, es decir, un nacimiento, lógicamente podemos repetir: “Al principio estaba la madre”. 

En todo nacimiento, primero es la madre que traerá al hijo en sus entrañas. 

Con Jesús sucedió esto mismo aunque no fue por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. 

Finalmente, cuando a una familia le llega un gran acontecimiento, ahí está la madre ayudando, preparando detalles y, sobre todo, adiestrando a los pequeños para que sean felices, haciendo felices a los demás. 

El acontecimiento del que tratamos ahora es la redención, la evangelización, que dará a conocer a todos la esperanza ya cercana del Dios que viene. 

Si María es puerta, también es estrella. 

Es una bella comparación que nos viene de Pablo VI el cual presentó a María como estrella de la evangelización. Es decir, el lucero de la mañana que asegura la luz definitiva. 

Hoy, pues, con María, entremos en el nuevo año litúrgico. Que nos guíe nuestra Santa Madre. 

La Iglesia, a través de lecturas y oraciones, nos invita a tomar en serio este inicio de un año nuevo, que es otro tiempo sin retorno, por el que nos preparamos al encuentro con Dios. 

Jesús nos va a repetir en este día que vigilemos. 

Que no creamos a los agoreros que cada poco dicen que viene el fin del mundo para hacer su propio negocio. 

Por eso, una vez más, Jesús advierte: “vigilad porque no sabéis cuándo es el momento”. 

Lo más importante y está bien claro es que Dios quiere nuestro bien y nos invita a imitar a los criados de aquel señor “que se fue de viaje y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara”. 

El mismo Jesús nos ayuda a sacer la conclusión: 

“Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: vigilad”. 

Si hay fe y corazón limpio no hay porqué temer. 

El juez es nuestro amigo, que dio la vida por nosotros, para justificarnos y salvarnos. 

Si por el contrario, vivimos mal, aprovechemos para empezar de nuevo, ya que mientras vivimos en este mundo, siempre hay tiempo para la conversión. 

Gocemos hoy meditando las palabras de esperanza de Isaías que, como gran profeta, nos invita a la conversión porque tenemos motivos para confiar en el perdón: 

“Tú, Señor, eres nuestro Padre, tu nombre de siempre es nuestro Redentor”… a pesar de todas nuestras miserias porque “todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento”. 

Y de nuevo nos repite el profeta, en el mismo párrafo: 

“Sin embargo, Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: todos somos obra de tu mano”. 

Que en este Adviento brille sobre nosotros la esperanza del Redentor. 

Repitamos con el salmo responsorial: 

“Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. 

Y con el verso aleluyático: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

22 de noviembre de 2012

XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

¿TÚ ERES REY? 

“Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad”. 

Inmediatamente surge una pregunta: ¿y dónde está ese rey y dónde está ese reino? 

Cada uno de nosotros, algo así como Pilato, no aceptamos fácilmente que Jesús sea el rey que gobierna este mundo porque nos damos cuenta de que las cosas van demasiado mal para que exista un buen rey. 

La mayor parte de los humanos, unos con la palabra y la mayoría con su manera de actuar, niegan el reinado de Cristo. Incluso hay lugares que lo tienen totalmente marginado y hasta prohibido que se le nombre. 

Sin embargo, hoy Jesús nos advierte como ayer lo hizo con Pilato: 

“Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en mano de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. 

No deja de ser interesante que haya un rey que no se ve, que no tiene un ejército ni un poder visible. 

Nosotros, los católicos, sabemos muy bien que hay un poder externo, material y pasajero, pero hay otro más profundo capaz de mover los corazones. 

Lo muestran de manera especial los mártires que, seguros de que el Reino de Dios iba dentro de ellos, se jugaron la vida, que es lo más grande que tiene una persona. 

La historia de la salvación nos revela la existencia de un mundo mucho más maravilloso que el de las galaxias, los pajaritos, las ballenas y la semilla de mostaza. 

En esa vida, que nace de Dios y que nos lleva a Él definitivamente, existen maravillas que jamás pudimos imaginar. 

En ella hay un Rey y hay un Reino. 

En ese Reino hay armonía y felicidad. 

Y todos, comenzando por el mismo Dios, quieren la felicidad para cuantos entran en la gloria. 

Jesucristo, como Verbo encarnado, es el Rey enviado por el Padre para protegernos, gobernarnos y ayudarnos a conseguir la felicidad. 

La liturgia de hoy nos invita a glorificar a este Rey maravilloso. 

Comienza Daniel presentándonos una “visión nocturna: vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre que se acercó al anciano y se presentó ante él. 

Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y reinos lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin”. 

Me imagino que en este momento todos ustedes han volado a Nazaret con el pensamiento y les ha parecido escuchar la voz de Gabriel hablando con María: 

“Será grande. Se llamará hijo del Altísimo, el Señor le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. 

Por eso, el salmo responsorial nos invita a repetir: “El Señor reina vestido de majestad, el Señor vestido y ceñido de poder”. 

El Apocalipsis, a su vez, nos lo presenta como el príncipe de los reyes de la tierra que nos repite: “Yo soy el alfa y la omega, el que es, el que era y el que viene, el todopoderoso”. 

A este Rey que “nos ha librado de nuestros pecados por su sangre” y nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre”, tenemos obligación de glorificarlo: “a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”. 

Y con el versículo aleluyático lo glorificamos también con las mismas palabras del Domingo de Ramos: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega…” 

Amigos todos, con este domingo, el último del tiempo ordinario, la Iglesia nos ha querido presentar a Jesucristo como Rey de todos los tiempos y dueño de la historia. 

Ése es el sentido de la solemnidad de hoy que se titula “Jesucristo Rey del universo”. 

No son los hombres que gobiernan unos años según su capricho, sino Jesucristo el único rey y Señor, porque trasciende el tiempo y “su reino no tendrá fin”. 

Procuremos en este domingo glorificarlo y que meditemos el gran regalo que nos hizo Dios con el bautismo porque en ese día también nosotros comenzamos a ser parte de ese reino. 

Sigamos felices y obedientes a Jesús porque todo el que es de la verdad escucha su voz. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

15 de noviembre de 2012

XXXIII Domingo del tiempo Ordinario, Ciclo B

PREPARANDO EL EXAMEN 

Es bueno que al fin del año litúrgico, siguiendo las orientaciones de la Iglesia, echemos una mirada al juicio final para ver qué nota vamos a obtener en el examen que tendremos que pasar ante el Rey de reyes. 
Por si acaso, el verso aleluyático nos advierte que “estemos siempre despiertos pidiendo fuerzas para mantenernos en pie ante el Hijo del hombre” que nos va a juzgar. 
Daniel, entre imágenes apocalípticas, nos habla de un juicio de Dios, tras el cual “se salvarán todos los inscritos en el libro” de la vida. Los así inscritos son aquellos de quienes san Mateo dice que “brillarán como el sol en el reino de su Padre”. 
Y como añade también el Evangelio cuando sus discípulos regresaron de la misión a la que los había enviado, Jesús les advirtió que más importante que la felicidad por el éxito a la hora de evangelizar, debían “estar alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. 
El mismo Daniel nos concreta que “muchos de los que duermen en el polvo despertarán. Unos para vida eterna y otros para ignominia perpetua”. 
Bajo estas imágenes descubrimos que se habla de un juicio de Dios. 
El evangelio de san Marcos completa el panorama del juicio final bajo imágenes apocalípticas: 
“Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. 
Unos salvándose y otros perdiéndose, todos tendrán que glorificar a Dios en Cristo que se sacrificó para salvarnos. 
Lo mismo quienes aprovecharon su sangre que quienes la despreciaron, tendrán que reconocer la misericordia de Dios. 
Jesús termina el párrafo de hoy aconsejándonos examinar la naturaleza y “aprender de la higuera”, en concreto. Por ella sabemos cuándo llega el verano. De igual modo debemos saber también que Jesús vendrá cuando se den los signos de los que Él mismo habla. 
Por lo demás, de una manera muy solemne, Jesucristo nos enseña el poder y la verdad de su Palabra: “el cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. 
Jesús nos advierte que no debemos creer a los brujos y agoreros y falsos adivinos porque “en cuanto al día y la hora nadie lo sabe. Ni los ángeles del cielo, ni el Hijo (se entiende que el Hijo como hombre) sino sólo el Padre”. 
Refiriéndose a este punto nos advierte Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret”: 
“Las palabras apocalípticas de Jesús nada tienen que ver con la adivinación. Quieren precisamente apartarnos de la curiosidad superficial por las cosas visibles y llevarnos a lo esencial: a la vida que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que Jesús nos ha dado; al encuentro con Él, la Palabra viva; a la responsabilidad ante el Juez de vivos y muertos”. 
Siempre que reflexionemos sobre este tema será bueno recordar las palabras de la carta a los Hebreos: “Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio”. 
Su ofrenda santifica a los suyos, mientras los enemigos de Cristo quedarán humillados bajo sus pies. 
Saber que Cristo nos salvó con su sacrificio debe ayudarnos a permanecer serenos y felices frente al último examen de la vida. 
Terminemos echándonos en brazos de Dios que es el tesoro seguro que llevaremos a la eternidad y confiemos en Él, pidiendo con el salmo responsorial: 
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”. 
El Señor mismo es nuestro tesoro y nuestra herencia. Por eso añadimos: 
“Mi suerte está en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré… me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. 
Como ves, conocemos al Maestro y el examen que nos va a poner, pues está también escrito en otro de los sinópticos, san Mateo: El amor a Dios y al prójimo. 
Debemos ser inteligentes y aumentar la fe y las obras para ganarnos la eternidad. 

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

9 de noviembre de 2012

XXXII domingo del Tiempo ordinario, ciclo B

EL DOMINGO DE LA GENEROSIDAD 

A todos nos gusta que los demás sean generosos con nosotros, pero cuando se trata de lo contrario, ya no es fácil repetir las palabras “a todos nos gusta”. 
Sabemos que el compartir, el dar de lo nuestro, no es tan fácil porque pensamos que nos costó demasiado esfuerzo el conseguirlo y no nos alegra perderlo sin más. 
Éste es el motivo por el que hay muchos que actúan de manera diferente: 
Por un lado están los que dan mucho para que lo sepan los demás y los alaben. De esto nos habla el Evangelio de hoy cuando “estando Jesús sentado en frente del arca de las ofrendas observaba a la gente que iba echando dinero. Muchos ricos echaban en gran cantidad”. 
Eran aquellos de los que hablaba Jesús “cuando hagas limosna no vayas tocando la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en la sinagoga y por las calles, para ser honrados por la gente”. 
Otros dan de lo que les sobra, quizá pensando en que no se les malogre... 
Hay también quienes no colaboran con nada porque son tacaños y sólo piensan en sí mismos. 
La liturgia de hoy nos hace ver cómo la verdadera generosidad es un don del mismo Espíritu Santo. 
El primer ejemplo es el de una viuda muy pobre. 
Estaba recogiendo un poco de leña para cocer un pan y morir juntamente con su hijito. Así lo dice ella misma cuando el profeta, sin duda también hambriento, en aquellos años de sequía, le pide que le haga un pan: 
“Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. 
Voy hacer un pan para mí y para mi hijo, nos lo comeremos y luego moriremos. 
El profeta Elías le promete de parte de Dios que no le va faltar ni la harina ni el aceite. 
La mujer, es imposible imaginar otra más pobre, se echa en las manos providenciales de Dios, según le promete el profeta, y hace la entrega de su último aceite y de su última harina. 
Dios es más generoso y cumplió la profecía: 
“Ni la orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías” 
El Evangelio nos habla de otra viuda. 
Es una viuda muy generosa que, mientras los ricos daban en abundancia haciendo sonar las monedas en la alcancía, ella echó dos reales que, por supuesto, no sonaron para ninguno. 
Jesús, en cambio, resaltó la generosidad de aquella mujer diciendo: 
“Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. 
Tenemos aquí el ejemplo y generosidad de dos viudas pobres de verdad. Junto a ellas la carta a los Hebreos resalta la gran generosidad de Dios que por medio de Cristo nos ha salvado: 
“Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres, sino en el mismo cielo para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros”. 
El sacrificio y entrega de Cristo, antes de la subida al cielo por la ascensión, han sido tan perfectos que Él solo ofreciéndose “una sola vez para quitar los pecados de todos” nos ha enriquecido para siempre. 
Ésta es la gran generosidad de Dios. 
La liturgia en este día resalta la generosidad de los “pobres de espíritu” precisamente por su actitud de entrega a Dios y al prójimo. 
Aprender a dar, y dar en las condiciones que hemos visto, cada uno según lo que tiene y siempre por amor, es la lección de las viudas y de Dios. 
Finalmente, quiero resaltar un detalle de la carta a los Hebreos sobre un detalle que para algunos pasa desapercibido, quizá porque no les interesa o no les conviene: 
“El destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio”. 
Queda claro que en la Palabra de Dios no caben las teorías de la reencarnación, como también está claro que el Señor nos juzgará a cada uno de nosotros después de la muerte. 
Éste puede ser un gran motivo para que seamos de verdad generosos a semejanza de Dios y un día Dios será nuestra recompensa. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

2 de noviembre de 2012

XXXI domingo del tiempo ordinario, ciclo B

CREADOS PARA SER FELICES 

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que hemos sido creados por Dios para la bienaventuranza. Dicho de otra manera, para ser felices siempre. 
Pero, ¿dónde está la felicidad? 
¿El Creador que nos hizo para ser felices, nos dio algún medio para conseguirlo? 
Dios ha ido dando por etapas, según su maravilloso plan de salvación, los medios necesarios para conseguir la verdadera felicidad. Primero fue, ya en la misma creación de los seres humanos. 
Dios puso en nuestro interior la regla más importante, en virtud de ella nuestra misma conciencia nos grita: ¡haz el bien! ¡Evita el mal! 
Más tarde, cuando Dios anuncia su plan de salvación al pueblo escogido, enseña el decálogo como un camino seguro para llegar a la felicidad personal y comunitaria. 
Moisés lo presenta así: 
“Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos… Así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra para que te vaya bien…”. 
¿Cuál es ese mandamiento que recalca el gran caudillo y que resume el decálogo? 
Es el famoso shemá que todo buen israelita, a través de los siglos, conoce muy bien y lo escribe en su corazón y a la puerta de sus casas y en las filacterias: 
“Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”. 
Y todavía lo recalca en el mismo libro del Deuteronomio con estas palabras que son un ruego y un mandato: “Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria”. 
Quizá nos haya llamado la atención en este texto la expresión “teme al Señor”. 
Sin embargo, la misma Escritura nos dice que “el temor de Dios es el principio de la sabiduría”. 
No se trata, pues, del miedo a Dios sino del miedo a perderlo. 
Finalmente, Jesucristo nos trae la plenitud de la revelación y nos advierte que los mandamientos se cumplen con la libertad que brota del amor verdadero. 
Así leemos en el verso aleluyático: 
“El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él”. 
En el Evangelio de hoy, conversando con el escriba que le pregunta cuál es el primer mandamiento de todos, le contesta: 
El primero es “escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente y con todo tu ser”. 
Y en seguida añade con un texto que pertenece también al Levítico, en el Antiguo Testamento: 
“El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. 
A poco que profundicemos nos daremos cuenta de que si todos cumpliéramos estos dos mandamientos seríamos felices. 
De todas maneras queda claro: primero y siempre ¡Dios!, y después, por amor de Dios, viene el amor al prójimo. 
Será Jesús quien al llevar a plenitud su enseñanza en la última cena propondrá la perfección de este mandamiento proclamando lo que Él mismo llama “mi mandamiento”: “Ámense unos a otros como yo los he amado”. Jesús mismo, muerto para salvarnos, es la medida del amor al prójimo. 
Nunca podemos desear una felicidad mayor que la que brota de amar y ser amado así. 
Por su parte, la carta a los Hebreos nos presenta a Jesús como el sumo sacerdote que trae la perfección de la ley de Dios y su alianza con los hombres. 
Para terminar nosotros respondemos al mandamiento del Señor “amarás a Dios sobre todas las cosas” con el bellísimo salmo responsorial que te invito a paladear palabra por palabra: 
“Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte… Viva el Señor, bendita sea mi roca”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

18 de octubre de 2012

XXIX domingo del tiempo ordinario, Ciclo B

¿SERVIR A” O “SERVIRSE DE”? 

Servir a los demás o servirse de ellos son las dos grandes posturas que hay en nuestra sociedad. 
Mientras el mundo se sirve de todos y se aprovecha, explotándolos para medrar en poder, en economía… Jesucristo y los suyos viven para servir. 
Hoy precisamente la liturgia nos enseña cuál debe ser nuestra actitud con los demás, siguiendo el camino de Jesús. 
Isaías nos presenta al siervo del Señor (imagen del Mesías) como el hombre del sacrificio y de la humillación que sufre generosamente para salvar a la humanidad: 
“El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento y entregar su vida como expiación… mi siervo justificará a muchos porque cargó con los crímenes de ellos”. 
La carta a los Hebreos nos ofrece la misma imagen al enseñarnos que Jesucristo “ha sido probado en todo, exactamente como nosotros, menos en el pecado”. 
Pero eso sí, Dios cumplió en Él su Palabra, “El que se humilla será ensalzado” y así el siervo de Yavé que se sacrificó por nosotros ha sido glorificado, como nos explica la misma carta pidiéndonos que “mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús hijo de Dios”. 
Cargó con nuestras miserias para liberarnos de ellas y asegurarnos la salvación. De esta manera entendemos que el sufrimiento, tanto el que vivió Jesucristo como el que nosotros aceptamos uniendo nuestro sufrimiento a los de Él, dentro del plan de Dios, es redentor y trae esperanza y salvación para todos. 
Esta es la gran lección que siempre cuesta entender aunque las ocasiones se plantean cada día. 
Si sabemos aprovechar el valor del sacrificio, entenderemos que es la escuela para nuestra propia santificación. 
Esta gran lección tiene su complemento en el Evangelio de hoy. 
Analicémoslo brevemente: 
Los “hijos del trueno” (Santiago y Juan) se acercan a Jesús para pedirle los primeros puestos en su reino: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. 
Jesús pacientemente les aclara que seguirlo a Él significa ir por su mismo camino. 
Él no ha venido a que lo sirvan sino a servir a todos salvándolos. Esto lo aclara contraponiendo las actitudes que tienen los gobernantes con las que deben tener sus discípulos: 
“Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen”. 
La enseñanza de Jesús es pues muy distinta de esta actitud de los poderosos: 
Los suyos tienen que aprender que “el que quiera ser grande sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero sea esclavo de todos”. 
Jesús no vino a ser servido sino a servir y a dar la vida. 
Por eso, cambiando la conversación y el pedido de los dos apóstoles, en lugar de los primeros puestos les ofrece su cáliz. 
No sé cómo pudieron entender esto Santiago y Juan en aquel momento. Sin embargo aceptaron beber el cáliz con Jesús. 
El Señor les promete que lo beberán. El Espíritu Santo les ayudará a entender y les dará la fortaleza para beber ese cáliz, es decir, aceptar el martirio en su momento. 
Posiblemente a nosotros nos pasa lo mismo que a los apóstoles. Consciente o inconscientemente, queremos los primeros puestos, el poder, el tener y nos repugna la enfermedad, los sufrimientos, el rechazo, las burlas. 
Cuesta ser fiel a Dios en un mundo que lo ha expulsado, exaltando el vicio y el pecado. 
Pero la actitud del cristiano será siempre la de su Maestro: servir a los demás y dar la vida por ellos.

12 de octubre de 2012

XXVIII domingo del Tiempo ordinario, Ciclo B

PEDRO EL NEGOCIANTE 

Pedro escuchó decir a Jesús que era muy difícil que un rico entre en el Reino de los cielos y pensó cómo podría hacer él un negocio siendo un pobrete. 
Es entonces cuando le hace una interesante pregunta, un tanto indirecta: 
“Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. 
Aquí habría que preguntarle a Pedro, con san Gregorio, qué es lo que había dejado porque, al parecer, la barca que usaba era de su padre y el lago en que pescaba la comidita diaria no era exclusiva de él ni de su familia. 
Pero como Jesús no se deja vencer en generosidad, le dio una generosa respuesta para él y para todos los que le siguieran: 
“Os aseguro que quien deje casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio recibirá ahora en este tiempo cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones y en la edad futura vida eterna”. 
Como en cuestión de negocios, Pedro, buen judío, era bastante optimista, se debió quedar contento con la promesa de Jesús pasando por alto las persecuciones. 
(Más adelante comprenderá esta última parte cuando lo cuelguen de la cruz). 
Bueno. Y ¿a qué viene todo esto? 
San Marcos cuenta hoy que un muchacho de corazón limpio se acercó a Jesús preguntando: 
- “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? 
Jesús les contestó: 
- ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios”. 
Esta frase de Jesús es buena meditación para quienes se tienen por buenos y muy buenos católicos (“yo soy más católico que el Papa”, como dicen algunos). 
Pues bien. Jesús, viendo que el muchacho era noble, le contesta algo muy sencillo: para ser bueno hay que guardar los mandamientos de la Ley. 
El joven le hace ver que desde pequeño los cumplió todos muy bien. 
Esta pincelada que da ahora san Marcos es hermosa y se la deseo a todos mis lectores y a mí mismo: 
“Jesús se le quedó mirando con cariño” o como nos dijo el Papa, citando otra traducción: “Jesús lo miró y lo amó”. 
Y como Jesús cuando ama a alguien lo invita para que esté más cerca de Él, añadió: 
“Una cosa te falta. Anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo y luego sígueme”. 
En ese momento hubo dos grandes desilusiones: la del muchacho que “frunció el ceño y se marchó pesaroso porque era rico” y la de Jesús, que comparte su dolorosa desilusión: 
“Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de los cielos”. 
De esta escena podemos también sacar la conclusión de la carta a los Hebreos que nos recuerda la liturgia: 
“La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo” 
A aquel muchacho le sonó demasiado fuerte la palabra de Jesús y se fue, pero se fue triste porque no tuvo valentía suficiente para dejarlo todo y seguir a Jesús como los demás apóstoles. 
El Señor añadió, según el Evangelio de hoy: “más fácil es a un camello pasar por el ojo de la aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios”. 
Por eso el aleluya nos dirá: “dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”. 
Los apóstoles se preocupan y dicen a Jesús: “Y entonces ¿quién puede salvarse?” 
Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”. 
Y la verdad es que en la historia de la Iglesia tenemos grandes santos que fueron muy ricos en bienes de este mundo, pero supieron administrarlos muy bien, compartiéndolos y así se ganaron el Reino de los cielos. 
Por su parte el libro de la Sabiduría nos hace ver dónde está la verdadera felicidad y el tesoro por el que todos debemos suspirar: 
“Invoqué y vino a mi espíritu la sabiduría. La preferí a cetros y tronos y en su comparación tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa porque todo el oro a su lado es un poco de arena… la quise más que la salud y la belleza… con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables”. 
Terminemos pidiendo, con el salmo responsorial, “sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría”. 
Aprovechemos el tiempo y hagamos negocio con Dios para la eternidad.

5 de octubre de 2012

XXVII domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

EL MATRIMONIO ES COSA SERIA 

El matrimonio nunca puede ser un juego porque de él depende la felicidad no de una sola persona, sino del cónyuge y de los hijos. 
Para la Iglesia el matrimonio es algo tan importante que quiere que sus hijos, en el santo matrimonio, “siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad en el amor, deben sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos, amorosamente recibidos de Dios. 
De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un incansable y generoso amor, contribuyen al establecimiento de la fraternidad en la caridad y se constituyen en testigos y colaboradores de la fecundidad de la madre Iglesia, como símbolo y participación de aquel amor con que Cristo amó a su esposa la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”. 
Esta cita de la constitución dogmática del Vaticano II, Lumen gentium, es un poco larga pero les invito a meditarla. Si lo hacen encontrarán lo que constituye una gran riqueza de la Iglesia. Algo que el mundo no puede entender. 
Veamos ahora cómo empezó todo, tal como nos lo cuenta el capítulo segundo del Génesis. 
El párrafo está lleno de poesía y nos presenta una gran procesión de animales que Dios hace pasar por delante de Adán. 
Adán “les pone nombre”, que significa que él es el dueño de todos. 
Pero no quedó contento porque “no encontraba ninguno como él, que le ayudase”. 
Entonces, la Biblia nos describe a Dios como médico cariñoso, haciendo la primera operación de la historia humana, y le presenta a la mujer, igual al hombre, porque la creó simbólicamente de junto al corazón. 
Adán queda feliz: “ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. 
La conclusión la saca la misma Escritura: “por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. 
Este es el matrimonio natural, tal como salió de las manos del Creador: 
Un hombre y una mujer que perpetuarán la especie humana en la felicidad e intimidad del amor fecundo “de una sola carne”. 
En el salmo responsorial se nos presenta la felicidad de un hogar que pide las bendiciones de Dios: 
“Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida”. 
Hablando del hombre: “dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien”. 
Y hablando de la mujer: “tu mujer como parra fecunda, en medio de tu casa”. 
Y de los hijos, que serán “como renuevos de olivo en torno a tu mesa”. 
Y la felicidad estará en gozar de los nietos: “que veas a los hijos de tus hijos”. 
Jesús nos habla del matrimonio tal como lo hizo Dios en el comienzo de la creación, repitiendo las palabras del Génesis y confirmando la estabilidad y fidelidad con estas palabras: 
“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. 
El Evangelio termina con una imagen dulce del Señor bendiciendo a los niños, que son el fruto del matrimonio entre un hombre y una mujer. 
Sabemos que luego Jesús elevó el matrimonio a sacramento para santificar lo más bello y profundo del amor humano. 
Es decir, un sacramento que debe basarse en el amor profundo, como nos recuerda Juan en el versículo aleluyático: 
“Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud”.

27 de septiembre de 2012

XXVI Domingo del Tiempo ordinario, Ciclo B

CEBADOS PARA LA MATANZA 

La imagen es muy fuerte pero no es mía. 
La leemos en la carta de Santiago que nos acompaña esta temporada. 
Todos sabemos que a los animales se les engorda para la matanza y ésta es la imagen que utiliza el apóstol. 
Profundicemos su enseñanza: 
Habla de las riquezas amontonadas injustamente. 
La verdad es que Santiago, como dije en otro momento, parece que escribe para nuestros días. 
Él invita a reflexionar a los ricos: “llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado”. 
Y explica así el resultado que da enriquecerse injustamente: “vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego… el jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor. 
Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste”. 
El justo no resiste, pero ya hemos visto cómo Jesucristo ofrece la victoria al justo y no al malvado. 
El libro de los Números nos presenta la magnanimidad de Moisés, el gran santo del Antiguo Testamento y los celos de dos muchachos, que representan a mucha gente celosa de hoy. 
El Señor milagrosamente reparte el espíritu de Moisés entre setenta ancianos que comienzan a profetizar, incluso dos de ellos que no estaban presentes con los demás. 
El primer muchacho lleva el chisme a Moisés. 
El segundo, que es Josué, interviene: “Hay que prohibírselo”. 
Moisés con su gran corazón, sale al paso de su espíritu ruin: 
“¿Están celosos de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!”. 
Cuántos chismes corren cerca del altar en nuestros días. Esos chismes dividen y lo dañan todo. Esos chismes que no son por el celo de Dios, sino por los celos de los hombres que destruyen familias, parroquias, movimientos… 
Necesitamos un corazón grande como el de Moisés, hombre humilde y valiente, que veía las cosas desde Dios, con quien hablaba “cara a cara, como un amigo habla con su amigo”. 
Con esta misma idea comienza el Evangelio de hoy. Los discípulos se acercan a Jesús y le dicen: 
“Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. 
Jesús, al estilo de Moisés, les advierte: 
“No se lo impidáis… el que no está contra nosotros está a favor nuestro”. 
A continuación, en el mismo párrafo del Evangelio, vienen algunas enseñanzas que nos recuerda nuestro compañero del ciclo B, san Marcos. 
Fijémonos con qué dureza habla Jesús contra el escándalo: 
“El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar”. 
Pocas frases tan duras dijo Jesús en su vida. Es que el escándalo hace caer a los más sencillos, llevándolos por el mal camino. 
Cuánto escándalo hay en nuestro tiempo desorientando a tantas personas buenas y simples, llevándolas al aborto, a las sectas, a todo tipo de corrupción. 
La liturgia nos invita ahora a reconocer que cumplir la ley de Dios es muy importante y nos trae la alegría al corazón: 
“Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón”.

21 de septiembre de 2012

XXV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

NO ERA FÁCIL ENTENDER 

El domingo anterior la liturgia nos hacía una pregunta: ¿quién es Jesucristo? 
Hoy nos dice quién es Jesucristo como Redentor. 
Nos enseñaba Benedicto XVI que la respuesta de Pedro no le convenció a Jesús por eso junto a la imagen del Mesías glorioso que todos esperaban colocó la imagen del Redentor que nadie deseaba. 
Y serán muchas las veces en las que Jesús insistirá para conseguir que entiendan que su servicio salvador incluye la humillación. 
Dios sí… como lo reveló el Padre Dios a Pedro. 
Dios sí… como fue glorificado en la transfiguración por el mismo Padre. 
Dios sí… porque sacó el espíritu inmundo a un joven e hizo multitud de milagros con su propio poder. 
Para aclarar todo esto, después de la respuesta de Pedro, el Evangelio añade que Jesús los iba instruyendo y les decía: 
“El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. 
Y ¡claro!, no entendían. No podían entender los apóstoles porque era muy distinta su manera de concebir y esperar al Mesías prometido: 
Por eso, mientras Jesús hablaba de muerte y resurrección ellos “por el camino habían discutido quién era el más importante” en el reino futuro. 
No es fácil imaginar la desilusión del corazón humano de Jesús que hablaba de humildad y humillación hasta la muerte y ellos buscaban cómo conseguir el puesto de primer ministro. 
Esto sigue sucediendo hoy como ayer. Muchos seguidores de Cristo van en pos de honores y riquezas: no han descubierto quién es Jesús. 
Sin embargo, la lección está clara: “Quien quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”. 
En aquel tiempo los apóstoles, como la mayor parte de los israelitas, leían el Antiguo Testamento pero no se fijaban en las predicciones de los libros santos cuando hablaban de humillación. 
Un ejemplo concreto lo tenemos en el libro de la Sabiduría que predice lo que harían con el justo, en el que está prefigurado Jesús: 
“Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada. 
Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. 
Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura… lo condenaremos a muerte ignominiosa…” 
He transcrito este párrafo para que entendamos lo que hicieron con Jesús y lo que seguirán haciendo con sus seguidores. 
En el fondo no son más que unos pobretes que cumplen el Evangelio que desprecian. 
Jesús lo profetizaba en el cenáculo: 
“No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido también a vosotros os perseguirán”. 
¡Y esto se cumple hoy! 
Pero también se cumplen estas otras palabras de Jesús: “vuestra tristeza se convertirá en gozo”. 
Por eso el salmo responsorial nos invita a poner la confianza en Dios: 
“El Señor sostiene mi vida”. 
Terminemos aprovechando una de las recomendaciones que nos hace Santiago: 
“No tenéis, porque no pedís”. 
Pidamos, pues, la valentía para seguir a Jesús, seguros de que “si morimos con Él, reinaremos con Él”. 
“Así será nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Aleluya”.

13 de septiembre de 2012

XXIV Domingo del tiempo Ordinario, Ciclo B

¿SABES QUIÉN ES JESUCRISTO? 

Cuando Jesús fue presentado en el templo el anciano Simeón les dijo a la Virgen y a San José que aquel niño estaba puesto como signo de contradicción. 
La predicción fue muy clara y hoy aparece en las lecturas de este domingo ese signo del siervo sufriente de Yavé, Mesías y Señor. 
Tampoco nos extraña mucho esto cuando leemos que san Pablo les dice a los Corintios: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles”. 
El mismo apóstol repite que él predica siempre a Jesucristo muerto y resucitado. 
También leemos en el Apocalipsis: “Vi un cordero de pie, como degollado” que indica precisamente la resurrección tras la muerte violenta de Cristo. 
Creo que esto es lo más importante que debemos tener en cuenta siempre. 
De todas formas, y ante todo, recordemos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre y por eso sufre como hombre y merece como Dios. De esto precisamente depende nuestra salvación. 
Veamos cómo nos presentan el tema las lecturas de hoy. 
Isaías nos describe así al siervo sufriente que es imagen del Mesías: 
“Yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí mi espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal sabiendo que no quedaría defraudado…” 
Con estas palabras describió el profeta los padecimientos del futuro Mesías. 
En cuanto al salmo responsorial, te invito a que lo leas de dos formas diferentes: por un lado como que eres tú quien te comprometes a caminar en la presencia del Señor y vas aplicando a tu vida el salmo 114. 
Por otro lado piensa que es Jesucristo blasfemado, maltratado y crucificado quien lo está rezando durante la parte dolorosa de su vida: “Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: ¡Señor, salva mi vida!” 
Pero luego, sigue pensando también en Jesucristo cuando leas: “arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida”. 
Como ves es un salmo mesiánico que nos describe la vida de Cristo. 
El Evangelio nos cuenta el episodio de Cesarea de Filipo. Jesús preguntó a los discípulos: 
“¿Quién dice la gente que soy yo?” 
Era fácil contestar y lo hacen todos: 
“Unos, Juan Bautista; otros Elías; y otros, uno de los profetas”. 
Ahora Jesús va a fondo y quiere saber la fe que tienen sus discípulos en Él: 
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” 
Pedro le contestó: “Tú eres el Mesías”. 
Este es el relato breve que hace san Marcos y que Mateo describe con más detalles. 
Aún hay otro detalle importante. 
Cuando Pedro ha reconocido la grandeza de Jesucristo como Mesías, es el mismo Señor quien les aclara, porque quiere que tengan la idea completa de su misión: “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado…” 
Y no queda ahí la revelación de Jesucristo, sino que completa la misión del Mesías con estas palabras: “Y resucitar a los tres días”. 
Pedro, frente a esta revelación de muerte, se rebela y protesta. Piensa que de ninguna manera puede realizarse esta misión extraña del futuro de Jesús y llevándolo aparte lo reprende. 
Jesús rechaza esa especie de tentación que le presenta Pedro y nos advierte a todos los que queremos seguirle que el único camino es éste: 
“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. 
Santiago, en la carta que continuamos leyendo en este domingo, nos advierte que seguir a Cristo sólo con la fe no es suficiente: “Si la fe no tiene obras, por sí sola está muerta”. 
Aunque nos cueste un poco, terminemos nuestra reflexión dominical haciendo nuestras las palabras del verso aleluyático: 
“Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz del Señor, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”.

6 de septiembre de 2012

XXIII domingo del tiempo ordinario, ciclo B

SEAN FUERTES Y NO TEMAN 

A veces los evangelizadores católicos, invitando a evangelizar con ilusión, dicen que las sectas proclaman la mentira como si fuera la verdad y en cambio los católicos proclaman la verdad como si fuera la mentira. 
Las leyes del comercio van por ahí pero el Evangelio va por caminos muy diferentes. 
De todas formas, en ocasiones parecemos los católicos acomplejados al evangelizar. 
Nos asustan, quizá, tantos ataques contra la Iglesia desde fuera y a veces desde dentro, cosa no tan rara en nuestro tiempo. 
Pues hoy, para todos, van estas palabras del profeta Isaías: 
“Decid a los cobardes: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite. Viene en persona, resarcirá y os salvará”. 
A continuación el mismo profeta nos describe los tiempos mesiánicos, llenos de felicidad y belleza: 
“Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, el cojo saltará como un ciervo y la lengua del mudo cantará”. 
Más todavía: 
Hasta la naturaleza se embellecerá y el mundo será un vergel “porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial”. 
Esta visión gozosa de los tiempos del Señor nos hace repetir con el salmo responsorial: 
“Alaba, alma mía, al Señor”. 
Y si meditamos el salmo 145 nos damos cuenta de cómo vuelve a presentar las maravillas del amor de Dios y de su reino: 
“El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, abre los ojos al ciego…” 
“El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad”. 
Santiago, en su carta tan interesante y actual que parece que la hubiera escrito hoy y para hoy, nos pide que no hagamos diferencias ni favoritismos sino que debemos imitar a Dios que precisamente “ha preferido a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino”. 
En la historia humana descubrimos esta realidad: 
Cuando los pueblos se creen poderosos, se llenan de orgullo y rechazan a Dios y su reino. Luego quiebran y se hunden. 
¿Acaso los pueblos sencillos no sonlos que ahora manifiestan más hambre de Dios? 
¿No es impresionante ver cómo en nuestro tiempo África busca la fe con ansiedad? 
Hoy se le llama, precisamente, el continente de la esperanza. 
El verso aleluyático vuelve sobre el tema de Isaías y nos presenta también a Jesús cumpliendo las promesas del profeta: 
“Jesús proclamaba el Evangelio del reino curando las dolencias del pueblo”. 
Esto mismo recuerda san Marcos, nuestro evangelista del ciclo B (no olvidemos que se tomó cinco domingos de vacaciones para dejar paso al capítulo seis de san Juan. Pues ya está aquí y nos cuenta): 
Imagen tomada de http://www.caminocatolico.org
“Traen un sordo mudo a Jesús. Él lo aparta de la gente; mete los dedos en los oídos y con la saliva le toca la lengua mientras le dice: ábrete”. 
Y el hombre oyó y habló. 
Y el pueblo, sin darse cuenta, volvió a recordar los tiempos profetizados por Isaías: 
“Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. 
Nosotros sabemos que Jesús es el mismo y, hoy como ayer, lo puede todo. 
Entonces, ¿por qué vivimos en el miedo? 
Qué bien caían a la humanidad las palabras de Juan Pablo II cuando repetía al mundo entero: “¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas a Cristo!”. 
Y Benedicto XVI avanzando la idea en Aparecida, nos dijo: 
“¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo… quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada (absolutamente nada) de lo que hace la vida libre, bella y grande… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo”. 
Amigo, ¿vives en el miedo? 
Pues escucha, para terminar, una vez más, las palabras de Isaías: 
“Sean fuertes y no teman”.

29 de agosto de 2012

XXII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

MANOS LIMPIAS Y CORAZÓN SUCIO 

Un buen día los fariseos y escribas protestaron ante Jesús porque algunos apóstoles se ponían a comer sin lavarse las manos. 
Por cierto que ellos mismos tenían la costumbre de “no comer sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a las tradiciones de sus mayores y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones de lavar vasos, jarras y ollas”. 
Jesús no entra en discusiones sobre la limpieza de las manos y va a la profundidad de un problema más grave que es lavarse mucho las manos y tener el corazón sucio. 
Por eso advierte, con Isaías, “este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. 
De esta manera Jesús los corregía porque se preocupaban de las tradiciones humanas y descuidaban los mandamientos del Señor. 
Éste es, precisamente, el tema del día de hoy que nos presenta Moisés, de parte de Dios, en el Deuteronomio: “Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando”. 
Y les enseña: Si los cumplen tendrán la felicidad de una vida sana y podrán entrar en la Tierra Prometida. Más aún. El cumplimiento de los mandatos del Señor debe ser “sin añadir nada a lo que os mando ni suprimir nada”. 
Luego les advierte Moisés que, del cumplimiento de los preceptos del Señor, depende también su fama ante los otros pueblos los cuales,al conocer cómo viven, dirán: “cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente”. 

Creo que antes de seguir adelante se puede sacar una conclusión bastante clara, aplicando esto mismo a nuestro mundo que desprecia todos los preceptos del Señor, incluidos los de ley natural. Lo menos que se puede decir es que son poco sabios y poco inteligentes puesto que hacen sus propias leyes dejando de lado los mandatos y decretos del Creador. 
Para Moisés el pueblo de Israel es una nación grande porque tiene a Dios siempre cerca cuando lo invoca y es quien le da sus preceptos. 
El caudillo de Israel concluye: 
“¿Cuál es la gran nación cuyos mandatos y decretos sean tan justos como esta ley que hoy os doy?”. 
Santiago, por su parte, nos escribe a todos: 
“Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos”. 
Escuchar y no practicar nos hace siempre responsables ante Dios. 
Esto mismo nos dirá Jesús en otra oportunidad: 
“No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos sino el que hace la voluntad del Padre que está en los cielos”. 
En el salmo responsorial la Iglesia pregunta a Dios “¿quién puede hospedarse en tu tienda?” y responde con un sabio resumen de los mandatos del Señor: 
“El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua.El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino… el que así obra, nunca fallará”. 
En la última parte del Evangelio, Jesucristo reprende a escribas y fariseos con estas palabras: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. 
Después, dejando de lado a sus interlocutores, se vuelve a la multitud para explicarles y concretar lo más importante: “escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro (“con esto declara puros todos los alimentos”); lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”. 
La lección de hoy está clara. 
Quien no cumple los mandamientos podrá tener muchas apariencias de limpieza, pero su realidad es todo lo contrario. 
En cambio, quien cumple los mandatos del Señor es feliz y hace felices a los demás.