14 de octubre de 2017

LLEGARÁ EL BANQUETE PARA TODOS


LLEGARÁ EL BANQUETE PARA TODOS

La liturgia de hoy nos invita a considerar el Reino de los cielos como un banquete.
Esto tiene mucha importancia para nosotros porque, cuando nos conocemos con alguien muy especial, con un amigo muy querido, celebramos el encuentro comiendo. Nos parece que al comer lo mismo nos identificamos unos con otros. Asimilar lo mismo nos hace felices.
En el fondo esta es la reflexión de hoy.
El cielo será un banquete sin comida ni bebida, pero con él nos alimentaremos todos del Amor infinito de Dios. Pero nunca nos saciaremos, nunca diremos basta.
Que las lecturas de la liturgia de hoy nos ayuden a vivir siempre con hambre de Dios.
*       Isaías
Isaías es el primero que nos está hablando de la comida como un gran regalo de Dios.
La liturgia quiere que nos traslademos de esta primera lectura al Evangelio y así entenderemos mejor qué es el Reino de Dios.
El profeta dice:
“Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera. Manjares enjundiosos, vinos generosos…” Pero no se fija solamente en el comer físico sino que además promete la felicidad interior:
“Aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros”.
Siempre es, ha sido y será ésta la necesidad del hombre y hasta pelea y mata a los otros por conseguir la paz, la felicidad.
*       Salmo 22
El salmo del Buen Pastor es muy conocido por todos nosotros, muy repetido por la Iglesia y muy bien colocado entre las lecturas de hoy.
Durante su reflexión nosotros repetiremos:
“Habitaré en la casa del Señor por años sin término”.
Viene a ser como la respuesta a la lectura anterior y a todo el ambiente de este domingo.
Sabemos que teniendo semejante Pastor, nunca habrá quien nos pueda arrebatar la felicidad.
Meditemos el salmo y no nos apartemos nunca del Buen Pastor.
Recuerda: habita siempre en la casa de Dios.
Suspira por el cielo.
No te pegues demasiado a la tierra, porque no te será fácil despegar cuando Dios te llame al banquete del cielo.
Tú siempre con tu Pastor.
*       Filipenses
Como el tiempo en este mundo es un paso hacia el banquete del cielo, Pablo nos enseña a vivir siempre felices como él:
“Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo; la hartura y el hambre, la abundancia y la privación”.
Esta vida tiene a Pablo feliz porque siente como una realidad en su vida la presencia, la seguridad de Dios:
“Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.
La fuerza de Pable está en el Señor porque sabe que Dios le recompensará y proveerá de todo.
*       Verso aleluyático
“Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama”.
¿Qué entiende Pablo por los “ojos del corazón”?
Posiblemente lo podemos entender en el sentido de que la luz de Dios penetre en nuestro entendimiento y haga actuar al corazón.
*       Evangelio
Ahora es Jesús quien nos va a decir que el Reino de los cielos es un banquete muy grande. Una fiesta para todos.
La parábola nos refiere cómo un hombre quiere celebrar la boda de su hijo (podemos entender que el Padre Dios celebra el triunfo de Jesús resucitado), hace una gran fiesta, va invitando a todos los conocidos y todos se excusan (podemos leer que el pueblo de Israel no acepta al Señor).
Entonces, el rey manda llamar a toda clase de personas, no importa la limitación que tengan (son todos los pueblos).
Todos entran al banquete y al ingresar se les regala el traje de fiesta.
Cuando el rey va saludando a todos los invitados, se encuentra uno “sin vestido de fiesta”.
Podríamos pensar que si era muy pobre no tenía dinero para comprar el vestido pero todos los invitados eran muy pobres.
Pero Dios no actúa así: El primero nos da y luego nos pide.
Por eso el Evangelio dice que ese individuo “no abrió la boca” porque no tenía ninguna excusa y fue echado del banquete.
Recordemos siempre que Dios llama a todos sin distinción de razas, naciones, colores… ni poder.
Todos somos llamados al banquete del Reino.
Para que podamos entrar, el día del bautismo, Dios nos regaló el vestido de la gracia.
Anímate, amigo. Prepárate para el banquete del Reino donde eternamente seremos felices comiendo el Amor.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

7 de octubre de 2017

MI AMIGO TENÍA UNA VIÑA


Reflexión homilética para el XXVII domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
La viña es una de las plantas más simbólicas, sobre todo para Israel, como podemos ver frecuentemente en la Biblia.
Jesús también nos hablará de ella en el capítulo 15 de San Juan.
Hoy vamos a gozar especialmente con Isaías, el profeta cariñoso y cercano que a todos nos cae bien, sobre todo a la liturgia.
*       Isaías
“Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado”.
A continuación cuenta los esfuerzos que hizo el dueño para que diera fruto “la entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas, construyó en medio una atalaya y cavó un lagar y esperó…”
La ilusión del propietario se truncó y en vez de uvas dio agrazones.
El Señor pregunta: “¿qué más cabría hacer por mi viña que yo no he hecho?”.
Esta es la postura maravillosa de Dios descrita bajo la parábola y la clave de todo está en este versículo: “la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel”.
Conocemos su historia. Cuántas veces el pueblo de Dios lo negó…
Pero no te quedes ahí, medita que bajo esta comparación estamos también todos los hombres y especialmente todos los cristianos.
Recuerda lo que cantamos en la liturgia del viernes santo:
“¡Pueblo mío!, ¿qué te he hecho, en qué te he ofendido?
Yo te planté como viña mía, escogida y hermosa… ¡qué amarga te has vuelto conmigo!”.
Tú estás en la Iglesia santísima y bellísima en la que te plantó Dios el día del bautismo… ¿Das fruto?
Tú lo sabes.
*       Salmo 79
En el salmo repetiremos la misma imagen que la Iglesia pide que tengamos muy presente, invitándonos a la verdadera conversión.
Comenzaremos repitiendo: “La viña del Señor es la casa de Israel” (nosotros leemos la Iglesia del Señor…).
Allí encontrarás el complemento de lo que hemos leído en Isaías, hecho oración por el salmista.
*       Filipenses
San Pablo nos invita a la confianza.
Lógicamente si Dios nos ha creado y metido en la Iglesia con tanto cariño, nuestra confianza tiene que estar totalmente puesta en Dios.
Debemos recordarlo e invocarlo con frecuencia:
“Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios”.
Como respuesta a esta vida de fe y confianza en nuestro Creador tenemos la paz:
“Y la paz de Dios que sobrepasa todo juicio custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.
*       Evangelio
Debemos reflexionar a quiénes dirige Jesús las parábolas.
En este caso y con relativa frecuencia Jesús habla a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo.
La parábola también se refiere a la viña de Isaías:
“Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje”.
Se ve aquí claramente la relación entre la parábola y el relato de Isaías.
El dueño fue enviando sus criados para recibir el fruto correspondiente. Se negaron a dárselo, los golpearon, maltrataron y hasta mataron.
Finalmente, el dueño envía a su hijo pensando “tendrán respeto a mi hijo”.
La actitud de los labradores no fue así sino que pensaron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.
Y agarrándolo lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.
Aquellas palabras debieron caer como bomba en el orgulloso corazón de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Por eso el evangelista terminará diciendo:
“Los sumos sacerdotes y los fariseos al oír sus palabras, comprendieron que hablaba de ellos. Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente que lo tenía por profeta”
La parábola de hoy es clara. Israel termina sacando de la ciudad a Jesús y lo victimó en el Calvario.
Era de verdad el Hijo de Dios y por eso el triunfo no fue de sus asesinos sino que fue la glorificación del Padre:
¡La resurrección de Jesús!

José Ignacio Alemany Grau, obispo